El thriller es un género de mecánica precisa. Se crea un punto de expectación: un crimen con diversos sospechosos, un peligro contra el que debe luchar nuestro héroe, un psicópata que quiere asesinar a nuestro personaje principal, etcétera. Y después de sufrir la angustia del riesgo y del tiempo que nos acerca inevitablemente al desenlace, la situación se resuelve. Sabemos quién es el asesino, el peligro desaparece gracias a la heroica actuación de nuestro protagonista, el psicópata muere. Por eso nos gusta tanto la ficción, por eso la necesitamos, porque siempre hay un desenlace que sigue la lógica de los acontecimientos. En la ficción, contrariamente a la vida, las cosas tienen sentido. En la vida, no. La vida es absurda: los coches te atropellan, la comida te sienta mal, el diálogo no hace avanzar la acción. La única forma de dotar de sentido a la vida es convertirla en relato. Eso es lo que han hecho desde siempre la religiones. O lo psicólogos. Convertir nuestra vida en una fábula para poder dotarla de una cierta lógica, tranquilizar nuestra conciencia haciéndonos creer que nuestros actos tienen consecuencias previsibles: el cielo o el infierno, la felicidad o la depresión.

Pero no nos engañemos, eso sólo son disfraces. Detrás de las máscaras estamos nosotros, indefensos ante el destino.

Carnaval es un thriller policíaco, sí, es ficción. Una inspectora de policía investiga la desaparición de un niño. No tiene sospechosos, ni móvil, ni pista alguna. Y esto la obligará a enfrentarse a la auténtica naturaleza del mal. Cambiando las tornas, en esta ocasión, el desenlace se parecerá más a la vida que a los relatos. La inspectora Garralda, un personaje de ficción, tendrá que enfrentarse a la incertidumbre de la realidad y aceptar que la vida no es un cuento, lamentablemente.

Jordi Galcerán

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